Por Gustavo Lambruschini

El 21 de febrero se cumplen 170 años desde que se hiciera público el Manifiesto Comunista, pocos días antes de que estallara la Revolución de Febrero de 1848. Es relevante destacar aquí que desde un punto de vista etimológico, leer no significa sólo decodificar genéricamente un discurso escrito cualquiera, sino que alude al acto de elegir, de escoger, significación esta que perdura en la voz florilegio o, dicho con el mismo significado y con idéntica etimología, antología, i. e., la recolección de ciertas flores, el resultado siempre provisorio de espigar las flores en cierto dominio de un Arte; en fin, la compleja y polisémica palabra Lógos, una de las voces más importantes de la cultura humana, comparte la etimología y significa (desde esa perspectiva) "reunión". Así pues, la pregunta, o mejor, la cuestión, sería ¿qué es posible leer en estas circunstancias históricas, en una contemporánea relectura del Manifiesto Comunista?

En tal lectura, lo primero que es posible experimentar, es el arrebato intempestivo, el éxtasis existencial, por el que somos transportados a otro dominio completamente diferente del espíritu, de ese dominado por la "santa jauría". Desde el primer instante dejamos de experimentar la humillación espiritual que significa el pantano de la discusión hodierna acerca de los corruptos impunes, el déficit fiscal, el izquierdismo de un papa o si es justo y legítimo asesinar por la espalda a un criminal que huye o un manifestante que protesta. Sería inapropiado empero restringir la lectura, destacando que se trata de una gran obra del Arte literario, aun una de las más sobresalientes piezas de la Retórica; sin embargo, es este carácter ineludible, el que en buena medida explica el entusiasmo poético que inspira y transmite el opúsculo (Cf. Eco). En un texto, cuya enfática voluntad teórica y sobre todo práctica está fuera de discusión, están claramente presentes empero Esquilo, Cicerón, Shakespeare, los poetas del Sturm und Drang y el romanticismo; valga recordar que Marx y Engels son contemporáneos de Wagner, otro discípulo de Feuerbach, veterano de 1848.

La vigencia del Manifiesto Comunista -escrito por dos jóvenes que no contaban treinta años- no es sólo literaria. Nos habla sobre todo del capital y de la "maldición del trabajo asalariado". ¿No sigue siendo ésta hoy la relación social dominante a escala planetaria, la clave analítica insustituible para explicar y comprender nuestro mundo, y al mismo tiempo no sigue siendo éste el principal facineroso, al que hay que atribuir la vigente negación de la Libertad y la vida buena y bella? Contra todo historicismo y sociologismo, el Manifiesto es una prueba de la independencia relativa de los procesos semióticos y la cultura. Sustraído en parte del espíritu de la época de la "Primavera de los Pueblos", el Manifiesto no es sólo un clásico de la literatura sino de la teoría; no se halla anclado en 1848 y, a pesar de las drásticas diferencias en el entusiasmo revolucionario de la época, no es que en 2018 nada tenga para decirnos. En él se revela y se denuncia la clave del capitalismo: la transformación de todo en mercancía, sobre todo, la compra-venta de la fuerza social del trabajo, i. e., la inmoral transformación de un ser humano en una vil mercancía, el hecho de que "el pago al contado" es el nexo fundamental de la sociedad burguesa. Aun con una referencia contextual diferente, es justo afirmar la evidente presencia -más bien hamletiana- del fantasma (Gespenst) que exige justicia, con cuya conjuración se abre el Manifiesto.

La "Crítica" no sólo constata teóricamente hechos, sino que los evalúa normativamente. Esta operación es realizada en el Manifiesto no sólo con el capital, sino también con el Estado y lo que hoy son llamados "los políticos" (incluidos los burócratas judiciales). En el país de los argentinos (anagrama de ignorantes), crédulos de que el "Estado" puede ser bueno, soberano, eficiente y demás gansadas por el estilo, es bueno que se vuelva a llamar la atención de que Estado y capital son anverso y reverso de una misma relación social, de que es éste el gran órgano del capitalismo, de que el poder estatal impone coactivamente (con la "ley" y las armas) el "mercado", no sólo al interior de las fronteras nacionales sino en el mundo.

A partir de esto se constata (algo que ya sabía la burguesía intelectualmente honesta) y se prescribe que la lucha de clases, más o menos solapada, es el motor moral y político de la Historia, i. e., de la Historia de la Libertad, más precisamente, de la Libertad-consciente-de-sí (el "grito sagrado" de nuestro Himno Nacional). Es en este campo de batalla, en donde se juega principalmente el porvenir de las libertades, si bien no de todas, sí del de la relación social dominante y de las que dependen inmediatamente de ésta.

En fin, a pocos días del "pañuelazo" y, sobre todo, del 8M, i. e., del paro internacionalista de las mujeres trabajadoras (en el trabajo formal y en el de la servidumbre doméstica) es instructivo releer la denuncia de la hipocresía burguesa acerca de la institución de la familia (la prostitución encubierta) y la consideración tradicional de las mujeres y de la servidumbre del género, más o menos religiosas, pues también Dios, una máscara obscena del poder opresivo, es desenmascarado entre otros en la figura del papa.

170 años después de su publicación, cuando se constata el ensanchamiento del abismo que separa al puñado de los inmensamente ricos de los expoliados, y como nunca antes en toda la historia de la humanidad, es evidente un desarrollo tal de las fuerzas productivas, que pronostica la liberación de los seres humanos del "reino de la necesidad" y que habilita a la esperanza del "reino de la Libertad", parece que habría que repetir el final del Manifiesto: "Los proletarios [los que venden trabajo]nada tienen que perder [con la Revolución comunista]más que sus cadenas. Tienen un mundo para ganar. ¡Proletarios de todos los países, uníos!”.
Fuente: Página Política

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