Por Ramiro Pereira

Un 14 de mayo de 2009, hace diez años, mi padre decidió poner fin a su vida. La última charla que tuve con él fue el día anterior, cuando volvíamos del velorio del padre de un correligionario. Curiosamente, la conversación giró en torno al hecho de que, ante la muerte de alguien, uno sólo puede decir, de muchas formas distintas, que acompaña en el sentimiento a los deudos del muerto.

Pues bien, en aquel entonces sentimos ese acompañamiento, no sólo de los familiares y amigos, sino de toda la familia radical y de la comunidad paranaense en general. No fue poco. Como alguien me dijo, el acompañamiento amortigua el mazazo que implica la muerte.

Siempre razoné que había vivido no pocos años –setenta- y que su vida había sido intensa y bella. El pudor tiende a impedirme hablar demasiado sobre él, por los mismos motivos que uno no habla bien sobre uno mismo.

Puedo en cambio, hasta vencer el pudor, sugerir la lectura de un escrito suyo publicado el 11 de mayo, tres días antes de su fatal decisión. Se trata de “Don. Los tatuajes borrados y las identidades traslaticias”. http://diccionarioradical.blogspot.com/2009/05/donlos-tatuajes-borrados-y-las.html

La clave para entender el texto es la siguiente: el pescador, ese radical con un tatuaje de Hipólito Yrigoyen, era él mismo. Esto me lo sugirió una amiga psicopedagoga, pero también lo infiero de la lectura del texto y de todo cuanto conocí de él.

Las personas mueren. Trascienden en instituciones, que tienden a sobrevivir a los individuos. Pero también estas desaparecen, más temprano o más tarde. Puede ocurrir que la idea o su sombra sobrevivan a la institución, como la idea del Imperio Romano supervivió mil años a su propia caída en occidente. Pero esta mirada es ominosa. Aquí en la roca que pisamos pensamos en los afanes, las pasiones, las razones y los tatuajes.

Con tatuaje y todo –metafórico, por cierto- mi padre era todo menos fanático. Cuando le decían livianamente, sin atender a las implicancias de la palabra, que él era un fanático radical, replicaba serio, docente: de ninguna manera, “soy un convencido. Los fanáticos ponen bombas”. Lo cierto es que unos cuantos meses antes de su muerte le pedí que me recomendara un libro sobre la II República Española. Me dijo que iba a pensar cual iba a recomendarme, y a la semana me prestó uno de un autor norteamericano, Stanley Paine. Al libro lo leí meses después de su muerte. No dejó de sorprenderme que en el mismo, el autor demoliera en buena medida a muchos de sus héroes de la España Republicana. Un texto lúcido, de serio y desapasionado análisis histórico político. Incluso, en uno de nuestras tantas charlas, cada vez más cercanas a medida que mis años acortaban las dos generaciones que en verdad me llevaba, alguna vez hablé con demasiada indulgencia de cierto personaje histórico, y él me recordó de su fanatismo.

Amigo de sus amigos, era un hombre de excentricidades jocosas, que un poco sobreviven en mí y en mi hermano. Así, con veintitantos años, cuando era secretario de la Gobernación durante el mandato de la UCR del Pueblo, llega a Entre Ríos un telegrama del área de inteligencia de la Nación, solicitando se informe “la situación que reina en Entre Ríos”. Tal informe fue respondido de la siguiente manera “en Entre Ríos no reina ninguna situación. Se trata de un Estado Republicano. Para más datos, adjunto una constitución”. Luego vino la pregunta y la risa consecuente del gobernador Contín. Infiero que era bueno en lo suyo, y por eso le dejaban pasar esos retruécanos, que tanto lo divertían. Antes de que yo naciera tuvo un auto, un Impala, en cuyo vidrió posterior colocó la siguiente leyenda: “este auto fue, en su vida anterior, un tanque republicano en la guerra civil española”. Más íntimo, puedo contar que cuando tenía seis años, y mi hermano cinco, nos regalaron dos pollitos, que se llamaban Procopio y Eleuterio. Vaya uno a saber cuántos días sobrevivieron los animalillos. Pero sus nombres perduraron, festejados por mi padre.

Venzo un poco el pudor y recuerdo sus solidaridades tajantes. Por ahí guardo una carta a Félix Luna. Le habían encargado de “Todo es Historia” un artículo por los diez años del derrocamiento de Illia. El artículo fue devuelto, por ser poco objetivo. La respuesta de Enrique por carta fue elocuente “¿que quiere.. que hable mal de Illia?”

Ya había muerto Enrique cuando A.C.G. me contó porque lo quería tanto. Cuando joven, había salido de la prisión y sus amigos lo habían dejado de lado como apestado, en pleno proceso militar “tu papá me pasaba a buscar todos los días, se sentaba conmigo en la puerta a tomar mate, salía a caminar conmigo a la vista de todos”. Me contaba ese ex militante del P.R.T.

O bien, ya en democracia, como secretario de la cámara de diputados procuró ayudar a unos hacheros explotados del sur entrerriano. En aquella ocasión, algún amigo suyo lo tildó, probablemente sin maldad y quizás con razón, de lírico. Pero en tal caso, reivindico el lirismo de todos quienes tratan, de alguna manera, de forzar la rueda de las cosas un poco a favor de esa cosa tan incierta que es la justicia, cuando se presenta con la cara concreta y cierta de hombres, mujeres y niños.

Lejos de miradas idílicas sobre la gente que quiero, asumo que lo humano contiene una conjunción de grandezas y miserias, usualmente, pequeñas grandezas e ínfimas miserias. Crecí con la obviedad del mal absoluto que implica el terrorismo de Estado. Y con la idea de que hay líneas rectas y atajos “de mesa servida y gloria barata”. Y que a estos últimos había que evitarlos. Con el tiempo fui adquiriendo el don de comprender aquello que no comparto. Se hace lo que se puede. Sólo que a veces, se intenta hacer lo que se debe, guiados por una onda y nada ingenua idea del bien.

En ese sentido mi padre era un hombre moderno. Un hombre de causas. Hemos conversado mucho con mi hermano Santiago sobre la máxima frangit non flexit, consignada por Leandro N. Alem en su testamento político, y que asoma en las estrofas de la Marcha Radical.

Sólo los dioses saben las razones exactas que llevaron a mi padre a matarse. Pero siempre pensamos con Santiago que el hombre se rompió. También deploramos con mi hermano tales alternativas (romperse o doblarse). La vida es un precioso chispazo, cuyos segundos deben ser atesorados cual sagrados obsequios.

Custodiado por su bandera radical y su bandera republicana, con el cuadro de Leandro Alem detrás de su féretro, fue velado en la sala del Comité Capital de la UCR –el antiguo salón de la vieja casa partidaria- y desearía poder hoy visitarlo en su escritorio, ya viejito, y hablar de las cosas que se hablan.
Fuente: Página Política

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