Corría el mes de julio del año 2002 cuando Néstor Kirchner hizo su primer acto político en Paraná como aspirante a la presidencia de la Nación. Estaba entonces muy lejos de ser una primera figura entre la dirigencia justicialista. Era un candidato marginal, apenas si medía dos o tres puntos en las encuestas y al Club Olimpia lo traía el diputado Pedro Guastavino, un dirigente que por esos días también ocupaba las segundas líneas en las filas del peronismo provincial. Nadie esperaba en ese momento que -Eduardo Duhalde mediante- ese hombre alto, desgarbado y con la mirada desviada, que gobernaba una provincia chica y lejana del sur se sentaría en el sillón de Rivadavia diez meses después.

Una manera ilustrativa de contar el impacto que Kirchner –su llegada al poder- tuvo en el peronismo entrerriano es agrupar a los dirigentes según el tiempo en el que se convirtieron al credo K. A grandes rasgos, hubo tres grupos: Guastavino integraba el primero, el de los kirchneristas de la primera hora; el exsenador era un amigo de los Kirchner desde la época en la que estudiaban juntos Derecho en La Plata.
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Después estaban los que para las elecciones presidenciales del 27 de abril de 2003 se habían jugado por Kirchner, entre las tres alternativas que ofrecía el justicialismo. Aquí se enrolaba, por ejemplo, el ex intendente de Paraná Julio Solanas.
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El tercer grupo fue el más numeroso, incluyó al grueso de la dirigencia política peronista –entre los que se contaban los ex gobernadores Jorge Busti y Sergio Urribarri- que definió su apoyo a Kirchner luego de las elecciones del 27 de abril y una vez que quedó claro que Carlos Menem no accedería a competir en una segunda vuelta electoral.

Ese era el peronismo de Entre Ríos cuando surgió Kirchner. En 2003, Menem había ganado con el 30 % de los votos y Kirchner quedaba apenas con el 20 %, por debajo de su media nacional y sólo cuatro puntos por encima de Adolfo Rodríguez Saá. Busti, que por entonces era el “líder indiscutido del peronismo entrerriano” se había mantenido prescindente en la elección presidencial. Urribarri había hecho campaña por Rodríguez Saá.
En línea
Pero, en pocos días, la mayoría de la dirigencia justicialista entrerriana sufriría una curiosa metamorfosis ideológica y todos aplaudirían emocionados aquel recordado discurso de asunción del nuevo presidente, del 25 de mayo de 2003, que contradecía cada uno de los postulados de la década de los noventa.

Se había iniciado un nuevo tiempo y había que estar a tono. Para las elecciones provinciales del 23 de noviembre de 2003, Busti llevaría como compañero de fórmula a Guastavino. El amigo de Néstor y Cristina sería el encargado de abrir las puertas a la “sintonía fina” que Busti necesitaba mantener con el poder central para gobernar la provincia de los bonos federales y el atraso salarial que heredaría del radical Sergio Montiel.

Kirchner, aquel ignoto Kirchner del club Olimpia, volvería a la provincia el 27 de mayo de 2003, ya como presidente de la Nación, en una sorpresiva vista fugaz para revertir el extendido conflicto docente, que definiría todo un estilo de gestión y marcaría el comienzo de una época de recuperación tras la crisis de 2001/2002.
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En los años siguientes, todo fue Kirchner. No se vieron fisuras en el peronismo provincial, no porque no las hubiera, sino porque pagaba muy mal criticar al primer presidente de la Nación desde 1983 que terminaría su mandato con una altísima imagen positiva. En ese tiempo de vientos de cola, en Entre Ríos sólo quedaban fuera del universo K los peronistas que nunca habían abandonado sus convicciones menemistas, como los ex senadores Augusto Alasino y Héctor Maya.

Salida de la crisis, recuperación económica, crecimiento. Kirchner atravesaba por su esplendor. Una instantánea de ese momento es abril de 2004 cuando, cual estrella de rock, saltó del escenario al final de un acto que encabezó en la plaza 1 de Mayo, para anunciar la construcción de la planta de agua potable de Paraná.
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La continuidad negativa
El romance del peronismo provincial con el kirchnerismo entraría en crisis ya en el primer gobierno de Cristina Fernández, cuando se desata con claridad la pelea entre el entonces gobernador Sergio Urribarri y su antecesor Jorge Busti, que se había insinuado en la transición.
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Sin poder convocar a una reforma de la Constitución que le habilite su reelección, Busti designó a Urribarri como su sucesor. La candidatura del entonces ministro de Gobierno fue resistida por una importante franja de dirigentes del PJ que terminarían rompiendo con el partido y llevando a Solanas como candidato a gobernador. Fue allí que, para beneficiar las chances de Urribarri, Busti inventa la tan cuestionada Ley Castrillón (que regula internas simultáneas) y convoca a elecciones en forma separada de la Nación y siete meses antes, el 18 de marzo de 2007. La ley complicaba la interna contra el oficialismo partidario (por eso Solanas fue por afuera del PJ); la anticipación le restaba tiempo de armado a sus adversarios; y el desdoblamiento electoral eliminaba la posibilidad de que Kirchner o Cristina (en ese momento no se sabía si la candidatura mayor sería pingüino o pingüina) pegasen su boleta a la de Solanas en octubre.

A mitad de la transición, Busti anuncia, en la apertura de sesiones del 1 de julio de 2007, que volverá en 2011. Allí se inicia una relación difícil, con vaivenes y picos de confrontación que echan por tierra la consigna de la “continuidad positiva” con la que se había hecho campaña y que, en clave interna, significaba que con Urribarri el bustismo seguía en el poder.

En ese contexto y para separarse de Busti, para obtener autonomía política, Urribarri hace lo único que puede hacer un dirigente sin liderazgo propio: intentar construirlo desde el poder. Para ello se pega a los Kirchner, que nunca habían tenido una buena relación con Busti, particularmente Cristina, que finalmente sería la candidata cuando Néstor descarta su reelección.

A poco de andar, el gobernador debió poner a prueba esa lealtad con la defensa de la medida más resistida del kirchnerismo. En marzo de 2008, la resolución 125 que fijaba retenciones al agro desata un cisma que terminaría partiendo al medio al PJ de la provincia epicentro del conflicto y pondría en contra del gobierno amplias franjas rurales y de poblaciones del interior que habían votado por el PJ un año atrás.
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Una foto que resume el peor momento de confrontación es la que el 10 de mayo retrata a Busti subido al palco de la protesta agraria en el acceso al Túnel, con un cartel detrás que pregunta “Urribarri ¿dónde está?”. Quince días después, Busti renuncia a la presidencia del PJ, al perder el control del Consejo Provincial y para el 11 de julio se muestra con el ex presidente Eduardo Duhalde, a quien traerá a Paraná el 15 de agosto.

Pero, exactamente dos meses después, Busti se sacará otra foto: con Kirchner, en Olivos. A esa altura, la protesta agraria ya no era la misma y Busti lo advierte, tanto como que nada hay consolidado de un armado político alternativo al kirchnerismo. Todavía no era tiempo de romper.
Separados
La interna provincial siguió escribiendo luego sus capítulos, más o menos importantes, pero ninguno logró que la sangre llegue al río y para las elecciones legislativas del 28 de junio de 2009, el PJ se presenta “unido en la diversidad”, con la esposa de Busti, Cristina Cremer, como la candidata a diputada políticamente más relevante.
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La derrota en esos comicios precipitó la fractura. Busti apartó a sus diputados nacionales del bloque K, se volvió a acercar a Duhalde, hizo migas con el diputado electo por Unión PRO, Felipe Solá y lo trajo a Paraná para hacer el primer acto claramente anti K en esta ciudad. Y, en su propósito de organizar al peronismo no kirchnerista, se asoció con Alasino y hasta se atrevió a mostrarse en el Día de la Lealtad de 2009 junto a lo más granado de la derecha peronista del país.
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En contrapartida, Urribarri afianzó sus lazos políticos con el kirchnerismo. Una muestra clara en tal sentido son las repetidas visitas que Néstor Kirchner hizo a Entre Ríos. Las dos últimas estuvieron separadas por una semana: Concordia el 30 de septiembre, Gualeguaychú el 7 de octubre, 20 días antes de su muerte.
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El repentino deceso de Néstor Kirchner el 27 de octubre de 2010, potenció electoralmente a su viuda, que un año después sería reelecta con el 54% de los votos. También a Urribarri, reelecto con el 56%.

Allí se inició una etapa de hegemonía, en la Nación y en la provincia, que abrió la puerta al declive. La radicalización de Cristina profundizó las diferencias en el peronismo, que ya no se privaba de cuestionar a un gobierno que poco tenía que ver con el ciclo económico virtuoso de 2003-2007. La mala gestión, con inflación y devaluación incluida; las divisiones del peronismo; el cansancio social con los modos autoritarios de Cristina; la corrupción que ya no se podía tapar con bonanza económica; el candidato poco convincente para la continuidad, pavimentaron el camino para el ascenso al poder de Mauricio Macri. Cristina lo hizo. El peronismo todo obró ese milagro.
Kirchnerismo devaluado
En Entre Ríos el peronismo logró, con lo justo, seguir en poder. En las elecciones de 2015 ganó Macri en la provincia y si Cambiemos no llegó a la gobernación fue porque Alfredo de Angeli no convenció como candidato. Aun así, estuvo a sólo 22 mil votos de sentarse en el sillón de Urquiza.

Entre 2015 y 2019, Gustavo Bordet debió gobernar con un presidente de otro signo político. Entabló una buena relación con Macri, que le permitió afrontar las urgencias de la provincia en rojo que heredó de Urribarri. Y también le abrió frentes internos con el kirchnerismo, que llegó a pintar los muros de Paraná con la leyenda Bordet=Macri. Los cinco diputados nacionales entrerrianos (Julio Solanas, Juan Manuel Huss, Jorge Barreto, Carolina Gaillard y Lautaro Gervasoni) no respondieron al Gobernador en el Congreso y le dificultaron los acuerdos de gobernabilidad con la Nación.

Pero los siguientes procesos electorales demostrarían que el kirchnerismo más puro había perdido predicamento en la provincia. Seguramente tuvo mucho que ver el brutal derrumbe en imagen de Urribarri, a consecuencia de las múltiples denuncias por corrupción aún pendientes de definición en la justicia. Mal que les pese a muchos, el ex gobernador fue sin dudas el más importante de los kirchneristas entrerrianos.

Los cuatro años de gobierno de Cambiemos (o habría que decir, con mayor precisión, de PRO) no hicieron más que empeorar las cosas. A pesar de que el gobierno de Macri nunca alcanzó los niveles de neoliberalismo de Menem (el mismo al que en los 90 siguió con fervor casi toda la dirigencia peronista entrerriana, convertida luego al kirchnerismo), Cambiemos tuvo un rotundo fracaso económico, el plano donde se suponía que sería más efectivo. Dejó un país más pobre que el que recibió, pero ahora fuertemente endeudado.

El peronismo aprendió la lección y en 2019 fue unido a las elecciones que llevaron a la presidencia a Alberto Fernández, elegido a dedo por Cristina. Con su estilo moderado, Bordet salió bien parado de la particular situación política de su primer mandato y logró en 2019 la reelección con el histórico 57% de los votos. En los acuerdos de unidad, tuvo el buen tino de no aceptar como candidato a Urribarri y llevar en sus listas sólo a kirchneristas de ficha limpia.
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Fuente: Página Política

Claves

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