Un dirigente radical, con cargo institucional en el Comité Provincial, susurró en off de record: “Van a decir que Cambiemos sigue, pero ya está muerto, después del 27 nos vamos todos, menos, quizás, Benedetti”.

El devenir del centenario partido está trabado en una encrucijada. Su identidad. Sin liderazgo nacional desde la abrupta salida de Fernando De la Rúa, que no llegó a convertirse en referencia, el radicalismo iniciará el próximo proceso político con todos sus presidentes fallecidos. El último candidato para la primera magistratura fue el hijo del último líder, Ricardo Alfonsín, hoy un outsider de Cambiemos del que se conoce más de sus posicionamientos por los ataques que recibe quienes lo vapulean por sus dichos.

Por fuera de la interna testimonial que dio Ernesto Sanz en 2015, los candidatos que quedan vivos son Ricardito y Leopoldo Moreau, en 2003.

Estos últimos nombres tienen un valor simbólico en el imaginario radical. Se trata de apellidos que si la historia partidaria se cerrara hoy los ubicaría, seguramente, en la última experiencia radical de base social e intensidad política. Beatriz Sarlo supo caracterizar el proceso kirchnerista como la continuidad del alfonsinismo en el plano del debate (y polémica) permanente en la esfera pública. La semana pasada el arzobispo de Salta monseñor Mario Cargnello le pidió a Macri que se lleve “el rostro de la pobreza”. La respuesta no fue como la de Alfonsín a monseñor José Miguel Medina, desde el mismo púlpito y en la misma escena. Fueron los periodistas identificados con el gobierno, el peronista Miguel Ángel Pichetto, quienes salieron a salvo del Presidente.

A la figura de Alfonsín se recurre con frecuencia, sobre todo después de su muerte, como el hombre que tuvo que construir el país tras las cenizas de la Dictadura y el líder que supo hipotecar su capital político si la paz social estaba en peligro como ocurrió en aquella arriesgada Semana Santa. También advirtió el oscuro panorama que asolaría a su partido e introdujo en la nueva Constitución al senador por la minoría, que usufructúa y usufructuará el macrista Alfredo De Angeli.

El último candidato a gobernador por el radicalismo en Entre Ríos fue Atilio Benedetti. Su incursión en la política provincial, luego de gobernar la ciudad de Larroque, tuvo como plataforma la agrupación que él mismo fundó bajo el nombre de Arturo Illia, de quien sólo destacó su insospechada honestidad. No fue necesario reivindicar del ex presidente radical la defensa de los recursos nacionales cuando anuló los contratos petroleros con el capital extranjero que había firmado Arturo Frondizi. El azar jugó a favor de Benedetti. El modelo que hoy lo representa dice mirarse en el espejo del “desarrollismo”, concepto tan abarcativo como el “sí se puede”. Le pregunté a un viejo radical, estudioso de la historia de su partido y retirado de cualquier ámbito más que el de compartir una mesa de café, sobre esa idea de “desarrollismo”. La respuesta fue honesta: “Desconozco, lo que sí le puedo decir es que muchos la repiten pero no la pueden explicar”.

Benedetti se convirtió en diputado nacional en 2009 en una lista que encabezó por su doble rol de radical y dirigente “del campo”. Venía de ser presidente del Centro de Acopiadores de Granos de Entre Ríos y presidente de la Bolsa de Comercio. En aquella experiencia electoral, que lo posicionó para su primera candidatura a gobernador en 2011, lo secundaron dos referentes también de ese nuevo actor político y electoral, “el campo”. Fueron Hilma Re y Jorge Chemes. El radicalismo dio en el clavo y, montado al conflicto entre el gobierno nacional y las entidades agropecuarias, se impuso en los comicios de aquel año. Fue otro síntoma del desmembramiento de la identidad partidaria. El partido encontró con lo que serían luego los “agrodiputados” una alianza para representar a la clase media. También acertó allí en hacer eje en criticar el proceder en la política y la corrupción por sobre una agenda social.

El prólogo de ese proceso se remonta a De la Rúa, quien llegó a la Casa Rosada con el libreto del publicista Ramiro Agulla que denunciaba la desfachatez del menemismo, la corrupción de ese gobierno, pero garantizaba la continuidad de la convertibilidad. Ese modelo estaba acabado, había desecho el tejido social, pero aún mantenía el consumo de una clase media abúlica.

Sergio Varisco llega al final de su segundo mandato en un cuadro de defensa propia. Lo dijo antes de ingresar a los tribunales el jueves pasado donde se lo está juzgando por una causa nada más ni nada menos que de narcotráfico. En la última elección, que perdió, mantuvo un importante número de votos ya sin el apoyo de esa clase media indiferente a la política. El Intendente sigue siendo una marca electoral.

Después de Sergio Montiel, fue el radical que más cerca estuvo de arrebatarle a un peronista la gobernación. En 2003, en el escenario más adverso para el partido tras el trágico final de De la Rúa y la economía entrerriana sumida en una cuasimoneda devaluada y con muertos en la calle, quedó a 10 puntos de Jorge Busti (44.53% a 34.49%). Un año antes, en plena crisis había hecho sancionar la ordenanza que creó el Incinipa (Ingreso Ciudadano de la Niñez de Paraná). Era una asignación monetaria para niñas, niños y mujeres embarazadas. Luego el gobierno de Julio Solanas la derogó. El 10 de diciembre dejará el Palacio Municipal tras una gestión turbulenta, duramente criticada y con su inocencia aún en signos de interrogación. A metros de las Cinco Esquinas se alza un monumento a Alfonsín que él mismo inauguró en una insoportable tarde de diciembre ante un grupo pequeño de colaboradores. Detrás de la figura del último líder radical está la radio municipal, lo único que le reconoce el adversario.
Fuente: Página Política

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