Por Nahuel Baridon (*)
@NahuelBaridon

La interpretación de la historia es siempre una disputa fundamentalmente política, es impensable concebir una lectura sobre el pasado que se escinda de las posiciones políticas del presente.

La historia siempre ha sido utilizada por el poder político para legitimarse de diversos modos, ya sea para inscribirse en una tradición, para mostrarse como heredera de alguna personalidad extraordinaria o como continuadora de algún acontecimiento fundacional.

La historia argentina no escapa a esta lógica que atraviesa todas las naciones americanas y europeas desde el advenimiento del Estado-Nación moderno.

El primer gran ejemplo de un uso, digamos, exitoso de la historia argentina lo llevó adelante Bartolomé Mitre con sus voluminosas historias sobre San Martín y Belgrano. Mitre escribió la Historia con mayúsculas que leemos y aprendemos hasta el día de hoy. La entronización de San Martín como Padre de la Patria se la debemos al fundador del diario La Nación porque hay que recordar que, hasta que Mitre no escribiera la Historia de San Martín y de la emancipación americana publicada en 1887, el nacido en Yapeyú no era lo que sería en adelante: el indiscutido héroe nacional. Sin embargo, Bartolomé Mitre la escribió con el objeto de legitimar la construcción de una determinada formación estatal y su consecuente organización social y política, pero sobre todo para legitimar su propia posición como militar y político.

Fue Juan Bautista Alberdi el primero en advertir y denunciar esa operación histórico-política. Entre los muchos y muy agudos argumentos que esboza el tucumano, hay uno que me gustaría resaltar. Alberdi, que había escrito El Crimen de la Guerra para denunciar la guerra contra el Paraguay, como buen liberal y kantiano que creía en el progreso de las naciones a través del comercio, ya que detestaba la guerra como hecho político y por ende toda la formación de los estados basados en valores militares. Por eso discutía con Mitre acerca de la exaltación de este tipo de valores en San Martin. Alberdi abogaba por héroes civiles y por una historia antibelicista. Esto deja bien claro en su Vida de Guillermo Wheelwright, donde considera que el empresario norteamericano fue mucho más patriota que los argentinos por haber invertido en infraestructuras importantes como el ferrocarril.

Entre Ríos

Nuestra provincia no es la excepción a la regla y de hecho esta tierra fue el escenario de actuación de importantes caudillos que tuvieron trascendencia en lo que después devino nuestro actual Estado Nacional.

En este sentido es muy loable la decisión del gobierno provincial de poner en valor nuestra historia a través de una serie de conmemoraciones con motivo de los 200 años transcurridos desde 1820, un año decisivo para la definición del sistema político a adoptar en la futura formación constitucional argentina.

Sin embargo, como toda conmemoración histórica, ésta también tiene sus riesgos: el principal es el de caer nuevamente en un aniversarismo acrítico, repetitivo de un tradicionalismo vetusto carente de toda capacidad explicativa de las complejidades de la historia.

Entronizar de un modo simplista a líderes del pasado para afirmar una supuesta identidad es siempre una tentación de quien detenta el poder y ha sido una constante en nuestra historia. Por esto mismo, ésta podría ser una buena oportunidad para abrir un debate acerca de los usos políticos de la historia en Entre Ríos, porque como se dice habitualmente, quien no conoce de dónde viene tampoco tendrá muy claro a dónde quiere ir, y será siempre una posibilidad latente cometer los mismo errores.

Los acontecimientos que se pretenden conmemorar para resaltar la figura de Ramírez son tres: La Batalla de Cepeda, el Tratado del Pilar y la creación de la República de Entre Ríos. Tres hechos que si bien están concatenados e íntimamente relacionados entre sí, pueden analizarse de manera distinta.

El primero de ellos en la secuencia temporal fue la Batalla de Cepeda y significó un verdadero triunfo del federalismo y podría decirse también del proyecto artiguista, único proyecto regional realmente alternativo al proyecto del centralismo porteño. Las fuerzas federales de Ramírez y López integradas por soldados correntinos, santafesinos y entrerrianos vencieron a las fuerzas del Directorio de Buenos Aires al mando de José Rondeau, quien esperaba el auxilio del Ejército del Norte que nunca llegaría.

La firma del Tratado del Pilar, segundo de los acontecimientos recordados, fue el primer tratado interprovincial de la historia rioplatense y el resultado de las negociaciones posteriores a la Batalla de Cepeda. Contiene muchas aristas a analizar. Por un lado, representa la reafirmación formal de los postulados del federalismo y de la organización institucional bajo la forma republicana y federal, cuestión no menor, en un momento donde existían serias propuestas monárquicas para el Río de la Plata. Sin embargo, significó también la derrota en la mesa de las negociaciones de lo que se había ganado en el campo de batalla y provocó la ruptura entre Ramírez y Artigas, pues el segundo consideró una verdadera traición del primero el hecho de no incluir en el Tratado con Buenos Aires la explícita declaración de guerra al Imperio de Portugal que acechaba la Banda Oriental, demanda que venía reclamando el Protector de los Pueblos Libres como única y excluyente condición para la firma de cualquier tratado. Además, Artigas es mencionado en el tratado como “Capitán General de la Banda Oriental” reduciendo su real área de influencia y su carácter de Protector; no se suscribió en el Tratado tampoco ninguna mención a “los Pueblo Libres”.

Francisco Ramírez supo en los días previos a la firma del Tratado que las fuerzas artiguistas que se encontraban defendiendo la Banda Oriental del avance de los portugueses habían sido derrotadas en Tacuarembó y eso, sostienen algunos historiadores, fue decisivo para el rumbo elegido.

El caudillo entrerriano se deja embelesar con los cantos de sirena de Manuel de Sarratea, personaje nefasto y oscuro, pro monárquico y primer gran enemigo de Artigas, que en 1812 lo había injuriado y tratado de ladrón. Este adversario artiguista, que siempre actuó detrás de bambalinas, es quien convence a Ramírez de que tenía que ser él el hombre fuerte en su territorio y ya no el derrotado y débil José Gervasio Artigas. Fue en ese momento cuando Ramírez tuvo que tomar una decisión política: seguir bajo el protectorado de Artigas y la causa americana o emprender su propio camino como líder provincial. El diario del lunes de la historia no deja lugar a dudas, la opción que tomó Ramírez fue claramente la segunda, dando lugar al tercer acontecimiento que se conmemorará oficialmente.

La República de Entre Ríos fue la creación político-institucional de Ramírez que en este 2020 cumple 200 años. Esta experiencia estatal, tan reivindicada por la tradición ramirista fue extremadamente corta: duró menos de un año. Sí, la experiencia política que la historiografía provincial reivindicó durante estos 200 años sólo tuvo una duración de 9 meses. Comprendía a los actuales territorios de Entre Ríos, Corrientes y Misiones. Es dable destacar los intentos de Ramírez por organizar la nueva formación estatal, la realización del primer censo y las políticas en materia educativa de avanzada para la época.

Pero lo cierto es que, y la historia posterior lo demuestra sobradamente, Sarratea o sea Buenos Aires, primero, utilizó a Ramírez para eliminar a Artigas, el “mal mayor”.
Concretamente, le brinda armamento y tropas (esto forma parte de una cláusula secreta del Tratado del Pilar), a cargo de Lucio Norberto Mansilla, quien cumple un rol decisivo en la Batalla de las Tunas para vencer casi definitivamente al General Artigas, quien termina exiliado en Paraguay hasta su muerte en 1850.

Pero una vez que Francisco Ramírez se hace fuerte tras la creación de la República de Entre Ríos, Buenos Aires lo traiciona y en alianza con Estanislao López, celoso del poder que iba acumulando el Supremo, lo eliminan de la escena política. Sencillamente lo asesinan en Río Seco en la famosa escena en la que se vuelve a rescatar a la Delfina.

No como conclusión, porque este breve aporte tiene la pretensión de abrir un debate, pero sí como invitación a la reflexión sobre la interpretación de nuestra historia, podemos decir que cuando se priorizó la construcción de naciones a partir de unidades regionales más pequeñas y homogéneas, los pueblos perdieron. Otra hubiera sido la historia si Francisco Ramírez no hubiera aceptado armas y tropas del enemigo histórico de Artigas para combatirlo. Llamar a eso traición o no, no parece enriquecer demasiado el debate, pero lo que sí está claro es que fue una enorme equivocación histórica de la cual no deberíamos enorgullecernos ya que eso significó sepultar la posibilidad de fundar un Estado independiente, republicano, federal e igualitario.

La oligarquía porteña festejó que, después de muchos intentos, por fin, había logrado deshacerse de su máximo enemigo.


(*) Estudiante de Ciencia Política de la UNER.
Fuente: Página Política

Claves

OPINIÓN Historia y política Ramírez

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