Por Eduardo Medina
Politólogo – Facultad de Trabajo Social (UNER)


Fue el 27 de mayo de 2003 cuando Néstor Kirchner, en uno de sus primeros gestos como Presidente de la Nación, visitó la provincia de Entre Ríos. Lo hizo para destrabar el conflicto que sostenían los docentes entrerrianos con la administración provincial del entonces gobernador Sergio Montiel. Hacía tres meses que los trabajadores de la educación estaban en huelga. Eran los tiempos en los que cada tanto el caudillo radical recibía una murra de parte de algún que otro ciudadano, no pocas veces festejada o acompañada por los distintos auditorios que lo rodeaban. Tiempos de Federales, de desocupación, de pobreza y marginalidad.

El paso del Presidente por la capital provincial fue fugaz, pero con el correr de los años se transformó en el puntal de la épica kirchnerista, con el que comienzan los incipientes libros de historia que narran esa época, un periodo político que amagaba con finalizar en 2015 con la llegada de Mauricio Macri al poder. Poco se sabe de lo que por esas horas se discutió en concreto, pero la imagen que quedó grabada fue la de Kirchner caminando por calle Córdoba en dirección al edificio del Consejo General de Educación (CGE).

Esta escena fue meses después analizada por una brillante Claudia Rosa, en uno de los teóricos de Semiótica que daba en el frio auditorio de la escuela Sarmiento, en calle La Paz. La semióloga afirmaba, utilizando la historia reciente y las claves de su propia disciplina, que el hecho de que Kirchner haya decidido realizar la reunión con el Gobernador y los representantes gremiales en el edificio del CGE y no en Casa de Gobierno, sumado a la caminata rodeado de adherentes y simpatizantes hacia un objetivo determinado (que ya había ensayado en su asunción), marcaba un uso simbólico de la investidura presidencial que difería fuertemente del que otros mandatarios habían realizado. La docente no se equivocaba. A lo largo de sus cuatro años en la presidencia, por esa y otras razones, Kirchner estableció un antes y un después en la forma de ejercer el poder desde la cúspide del Ejecutivo Nacional, forma que luego se trasladó a su esposa y sucesora.

Los pequeños gestos no siempre cuentan, mucho menos se analizan. A menudo los gobiernos producen guiños armados para consumir rápidamente, intentando que el azar intervenga lo menos posible. “La” política es así. La administración de lo cotidiano, de recursos, normas y circulares, no tiene espacio para el imprevisto. Pero “lo” político no. Juega en otra dimensión del análisis. Allí intervienen categorías más amplias que no están atadas a las hilachas del presente. El poder, la Ley, la idea de nación, la Justicia, la identidad, etc., constituyen ordenadores de la sociedad desde hace al menos un par de siglos, tal vez desde siempre.

La vulgata solo recae en situaciones partidarias, la vida ordinaria de las instituciones y las acciones diarias de los funcionarios. En base a ese nimio y perecedero universo, construyen hipótesis, tesis, perspectivas y miradas. No es extraño entonces que todo lo que nos pasa actualmente no pueda generar lecturas de largo plazo que nos ayuden a pensar “lo” político en un espacio sin tiempo, en donde la idea tenga la fuerza suficiente para sostenerse y enmarcar nuevas vicisitudes que se vayan produciendo. A estas alturas y aunque parezca mentira, hablamos de un modo inconcebible de ver la realidad, cuando hasta hace algunas décadas era la única forma posible de hacerlo.

Claudia Rosa parecía no pertenecer a este lugar. Y sin embargo, exploraba la cultura entrerriana como nadie. Era una semióloga de fuste que trabajaba con las teorías más sofisticadas para pensar un contexto o un escenario cualquiera. Bajar el nivel del análisis no era una opción para ella. Estaba, sin duda, a la altura de muchos de los mejores intelectuales del país, pues había aprendido de ellos y se había esforzado en demasía por crear su propia voz en el campo, eso que algunos llaman “originalidad”. Estaba muy atenta a lo que circulaba en el ámbito de la literatura, pero también a todo lo que se producía en el basto sistema político que nos circunda. Un signo perdido y olvidado en un pequeño artículo de un diario, era la pista con la que podía desentrañar una complejidad significativa trascendente. Es obvio decirlo, pero lo simbólico no era para ella un elemento inerte y decorativo, sino la posibilidad de saltar de la coyuntura al mediano o largo plazo en cuestión de minutos.

Como muchos de nosotros, observó al kirchnerismo con exhaustiva atención, lo analizó y no pocas veces le sacó su ficha. Su posición personal frente a este movimiento no le impidió ver el modo cómo “lo” político operaba continuamente en las acciones que diariamente realizaban los gobierno de Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Allí siempre había tierra fértil para sembrar conjeturas, supuestos, encadenamientos y deducciones. Detrás de Claudia Rosa siempre estaban Pierce, Bajtín, Barthes, Foucault (a quien consideraba un semiólogo), Eco, Verón, entre otros.

El kirchnerismo también interpreta y pide ser interpretado continuamente. Sigue operando en el imaginario político de nuestro territorio tanto como lo hizo en su momento esa visita del 27 de mayo de 2003. Está ahí, nunca se fue, ni murió ni nada. Está en la continua rememoración de Alberto Fernández, en los gestos que se esperan de “Cristina”, en el resurgimiento del país después de la debacle macrista y en el sostenimiento de las políticas de Derechos Humanos; en el rol de la educación y en la inclusión del Otro; en la importancia de la palabra de parte de un mandatario y en la fuerza que se le dio al Himno Nacional para que cada vez que suene nos emocione y nos dispare recuerdos de tiempos que fueron mejores.

La cuarentena y cierta somnolencia social parecen obliterar hoy en día todo intento por enlazarnos con aquello que nos constituye como comunidad. Pero “lo” político siempre encuentra la forma de surgir por los espacios más intrincados. Nos esquiva en su nombramiento y nos atropella con su materialidad. A veces nos decimos, “algo hay que hacer para que esto cambie”, pero es ahí cuando nos apabulla el inmenso ruido de lo cotidiano. Tal vez, y para empezar, no haya más que interpretar aquello extraño que la realidad nos trae y rápidamente des-cubrirlo para quienes aún no lo han visto. Como lo hacía paciente y pedagógicamente Claudia Rosa. Y como, creemos, lo sigue haciendo la maquinaria simbólica kirchnerista.
Fuente: Página Política

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