La carta abierta a las mujeres del poder, a cada una de ellas con nombre y apellido, abre una puerta interesante para que sean posibles mejores políticas públicas en materia de violencia de género. La carta es de la Asamblea de Mujeres, Lesbianas, Travestis y Trans de Paraná y se difundió este fin de semana.

A golpes de dolor y temor, hasta el momento, las puertas se fueron cerrando, los espacios participativos que se insinuaron quedaron en sombras, y la pandemia se llevó puesto lo que había para que las mujeres, las que están en la calle y las que son funcionarias, planifiquen un futuro mejor. O al menos lo intenten, llevando consignas y discursos “al barro de la historia”.

No es lo mismo ser mujer y estar en la casa; que estar en la calle llevando un cartel con el rostro de Fátima, el de Romina, el de Julieta; que ser mujer y estar en alguno de los tres poderes del Estado. Pero como dicen las Tesis, con letra de Rita Segato, “el Estado opresor es un macho violador”; y en todo caso hay mujeres aquí y allá, con distinto grado de responsabilidad, sí, mujeres al fin. Reclaman o intentan que el Estado pueda ser otra cosa; que garantice los derechos de las mujeres arrancando por el derecho a la vida. Tan atrás estamos que se achica el margen para errar el camino.

Parece lo más sensato que haya allí una comunidad, un diálogo. Entre las que están en la calle y las que están en el poder. Es lógico que allí el acuerdo no vaya siempre sobre rieles; es de suponer que habrá airados reclamos, recriminaciones pero también consensos.

Por eso es interesante la puerta que abre la Carta Abierta de la Asamblea. Porque interpela a las mujeres del poder en tanto tales, con nombre y apellido; porque las invita a escuchar el reclamo del movimiento feminista. ¿Por qué no leerlo también como un reconocimiento, junto con la expectativa de que las mujeres hagan la parte que les toca allí, en el resquicio ganado al poder?

A fuerza de dolor también se abren puertas. Desde la marcha frente a Tribunales --que hizo una sola cosa de la aparición del cuerpo de Fátima y el Día internacional de la mujer-- hasta el día de hoy, en el poder primaron el silencio; las reacciones espasmódicas; las recriminaciones para leer en clave de interna; o entre mujeres de una gestión y de otra, de un partido y de otro.

A fuerza de dolor y de bronca también se pueden abrir puertas. Del lado de la calle, es importante saber, de antemano, que no hay mujer en el poder que pueda garantizar por sí que el Estado no sea el que es. Del lado de los poderes públicos, es clave no suponer que el Estado dejó de ser lo que es porque llegó al Ejecutivo otro dirigente de la política, varón, en el que sí confío.

En tiempos de Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio, esa puerta es clave, ese vínculo entre quienes han sido actrices, en la calle, de un nuevo tiempo para la política en la Argentina; y las mujeres que ocupan puestos en el Estado. Porque el Estado es casi todo lo que se mueve en tiempos de cuarentena; porque es el Estado el que debe garantizar la vida, también la vida de las mujeres. No vale tanto la pena rasgarse las vestiduras por intentos frustrados de ponernos a salvo.

Más vale, repasar la carta con otros ojos. Más vale saber que habrá que hacer frente común con las mujeres menos pensadas para forzar la voluntad política de construir un Estado distinto.

La carta dice así, en una parte: “Estamos en emergencia. Hace mucho que nos están matando y violentando de muchas maneras. Hace mucho que sabemos que, aunque hay avances legislativos no son suficientes. Tampoco son suficientes las áreas creadas para atender y prevenir la violencia hacia las mujeres y las disidencias porque no hay inversión en recursos humanos con capacitación, ni en presupuesto real y mucho menos en infraestructura. Nosotras estamos en emergencia. Y ustedes también. Ni nosotras, ni ustedes, ni ninguna de las mujeres que conocemos está a salvo de esta escalada de machismo”.

Reclama la “construcción de espacios públicos con participación de las organizaciones feministas” y dar margen “al contralor social de las acciones del Estado”.

“Necesitamos mujeres con poder que acompañen el empoderamiento de otras mujeres”. Ahí está la carta. Ahí está el dolor, la rabia, la impotencia. Ahí está la puerta.
Fuente: Página Política

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