Que Mónica Torres fue espía durante la última dictadura cívico-militar ya se sabía. Tampoco es novedad que se infiltró en los organismos de derechos humanos. Pero lo que ahora es algo más que una sospecha es su participación en el secuestro de dos militantes montoneros asesinados unos días después de reunirse con ella.

Un documento de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos retoma la idea de que el secuestro, tortura y asesinato de los dirigentes Osvaldo Cambiaso y Eduardo Pereyra Rossi fue producto de una delación.

En el cable IN 83 1260378, que es parte de los documentos desclasificados recientemente sobre la dictadura argentina, se consignó que el secuestro de Cambiaso y Pereyra Rossi, el 14 de mayo de 1983, fue realizado “por personal del Destacamento Paraná del Batallón (de Inteligencia) 601” y “que actuaron por órdenes de la sede del Batallón 601 en Buenos Aires”, que dependía en forma directa del comando general del Ejército.

El documento contiene tachas y no menciona específicamente el nombre de Mónica Torres, pero alienta una sospecha que siempre tuvieron los organismos de derechos humanos sobre su intervención directa en el hecho. De hecho, contiene un comentario al cierre que no es menos inquietante en ese sentido: “Información de fondo sobre la muerte de Cambiaso y Pereyra Rossi está disponible en la embajada en Buenos Aires”.

De acuerdo con la inteligencia norteamericana, la caída de Cambiaso y Pereyra Rossi fue la última de una cadena que se inició “a principios de abril” con la “captura, interrogatorio y asesinato de al menos nueve subversivos” y “la información obtenida de esas capturas fue utilizada para localizar y capturar a otros”, entre ellos, “la captura de Raúl Yaguer, el tercer jefe de la organización terrorista Montoneros”.

El documento menciona que Yaguer fue interrogado bajo tortura y, “después del interrogatorio, fue asesinado en un simulacro de enfrentamiento a tiros en Córdoba el 30 de abril”; pero “información obtenida de Yaguer llevó a la detención, cerca del 1 de mayo, de Osvaldo Cambiaso, un peronista de izquierda” y agrega que “bajo tortura, Cambiaso dio información sobre otro subversivo que fue luego detenido. Solo después de su detención se supo que se trataba de Eduardo Danilo Pereyra Rossi, un importante dirigente montonero. Ambas detenciones fueron realizadas por personal del Destacamento Paraná del Batallón 601, que actuaron por órdenes de la sede del Batallón 601 en Buenos Aires”.

En el cable también se señala que los servicios de inteligencia argentinos creían que Fernando Vaca Narvaja, otro miembro de la conducción de Montoneros, había reingresado clandestinamente al país y que, en caso de ser capturado, “sería asesinado”.

El relato de los hechos tiene varias imprecisiones e inexactitudes. El más evidente es que los organismos de derechos humanos no registran el homicidio de nueve militantes populares en abril de 1983 –en los registros oficiales aparecen siete asesinatos en el último año de la dictadura –; tampoco coincide con las circunstancias en que fue asesinado Yaguer ni con el derrotero de Cambiaso y Pereyra Rossi ni con la reconstrucción posterior que hizo la justicia y que sirvió como base para condenar a sus perpetradores.

Espía, funcionaria y diputada

La protagonista de esta historia se llama Mónica Zunilda Torres. Nació en Diamante, ejerció como maestra en el Colegio Santa María en 1969; luego ingresó al Poder Judicial y cuatro años después consiguió un trabajo en los tribunales de General Roca, en Río Negro, donde permaneció hasta 1979, cuando retornó a la provincia.

Ese año de 1979 se incorporó al Batallón 601 como personal civil de inteligencia, PCI en la jerga castrense. Revistaba como “agente de reunión” ante la Sección de Inteligencia Paraná del Destacamento de Inteligencia 122 de Santa Fe.

El Batallón 601 fue el órgano que detentó mayor poder en la Argentina durante la última dictadura porque centralizaba la información y la inteligencia de todo el país e inclusive de los países limítrofes. Esa información provenía de los “agentes de reunión”, que eran quienes se infiltraban en sindicatos, universidades, organizaciones políticas y sociales y hasta entre los familiares de detenidos políticos.

Se sospecha que el vínculo de Mónica Torres con los servicios de inteligencia nació durante su estadía en el sur del país y que cuando regresó a Paraná también reportaba sobre lo que ocurría en los tribunales, ya que trabajaba como empleada en la oficina del juez Rodolfo Prati –el mismo que procesó al ex gobernador Enrique Tomás Cresto por enriquecimiento ilícito–, de buena relación con el poder militar.

En los primeros años de la dictadura las madres de detenidos y desaparecidos entrerrianos se reunían en la Iglesia del Carmen. Allí se intercambiaban información, pero también se organizaban para acompañar a los familiares de otros presos políticos y llevarles ayuda. A su vuelta Paraná, Mónica Torres fue invitada por el caso de su hermano, Hugo Torres, el Toro, detenido en Diamante en junio de 1975, en una razzia policial contra militantes de la Juventud Peronista por el reparto de alimentos enviados desde Buenos Aires, como parte del rescate por la liberación de los hermanos Jorge y Juan Born.

Su presencia, sin embargo, primero generó resquemores entre los detenidos políticos por su injerencia negativa entre los familiares, y también sospechas por algunas situaciones extrañas que ocurrían antes o después de las reuniones. Esa tensión se ahondó cuando Jorge Busti la designó al frente de la Subsecretaría de Derechos Humanos, entre 1987 y 1991.

En el ocaso de su vida política fue diputada provincial por la Alianza y formó parte del grupo de legisladores que sostuvo al gobernador Sergio Montiel ante los sucesivos pedidos de juicio político, después de la represión del diciembre trágico de 2001.

Un animal político

El Viejo se sabía en peligro. El espejo del auto le devolvía la mirada de unos ojos demasiado oscuros. Los tenía encima. Tal vez podía percibir lo que tramaban. Pero el poder de una idea o de un ideal crecía, latía en su cuerpo y era más fuerte que el miedo.

Osvaldo Agustín Cambiaso tenía 42 años, había salido en libertad vigilada el 17 de noviembre de 1982, tras pasar siete años en las cárceles de la dictadura, y enseguida recuperó la vida política. El Viejo había sido un jefe montonero que creía más en la política que en la lucha armada y, como se percibía a pocos pasos de un largo camino que llevaba de vuelta a la democracia, andaba tratando de organizar a la militancia para armar un nuevo movimiento peronista para llevar a las urnas.

El Viejo se sabía en peligro y le temía a la muerte; “pero más terrible es la injusticia”, decía.

La muerte lo encontró el sábado 14 de mayo de 1983. Cinco hombres armados y vestidos de civil se lo llevaron a golpes del bar Magnum, en la calle Córdoba 2787 de Rosario, junto con su compañero Eduardo Pereyra Rossi, otro referente de Montoneros, con quien se había encontrado para avanzar en la organización política para la democracia.
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Eduardo Pereyra Rossi y Osvaldo Cambiaso.

Los cuerpos de ambos aparecieron tres días después, con signos de tortura y disparos desde muy corta distancia, en la localidad de Lima, en la provincia de Buenos Aires. Las fuerzas represivas inventaron una historia según la cual Cambiaso y Pereyra Rossi habían muerto en un enfrentamiento, luego de atacar a balazos a una comisión policial al mando del oficial inspector Luis Abelardo Patti, en el sur bonaerense.

En el año 2016, y después de un largo peregrinar, Patti fue condenado a prisión perpetua. También fueron condenados Juan Amadeo Spataro; el jefe del Destacamento de Inteligencia 121 de Rosario, Pascual Oscar Guerrieri; y el segundo jefe, Luis Américo Muñoz. Pero fueron absueltos los agentes civiles de inteligencia Carlos Antonio Sfulcini, Walter Salvador Pagano, Juan Andrés Cabrera y Ariel Antonio López.

El cable de la inteligencia norteamericana dice que las cosas no ocurrieron así. “La mención de la detención de Cambiaso y Pereyra Rossi en una confitería el 14 de mayo fue una puesta en escena para generar confusión respecto de cuándo fueron detenidos y qué información pudieron haber proporcionado a las autoridades”, dice la CIA. Esa versión no tiene ningún asidero. Es otra de las inexactitudes del informe.

Cambiaso y Pereyra Rossi fueron los últimos caídos de la dictadura. La suya es una historia de traiciones, cruzada por una trama de espionaje, pero para contarla es necesario capitular hacia atrás.

La historia de una traición

Cambiaso retomó la militancia a poco de recuperar la libertad. Lo hizo en la corriente Intransigencia y Movilización Peronista, pregonando el movimientismo y la integración plural, pero reivindicando las luchas de la Tendencia Revolucionaria.

En esa búsqueda llegó a Entre Ríos el 11 de mayo de 1983. Estuvo en Paraná y dos compañeros lo llevaron a Diamante, donde mantuvo una reunión con dos dirigentes peronistas con los que había compartido cautiverio en las cárceles de la dictadura. Página Judicial habló con uno de ellos y reconstruyó aquel encuentro.

El Viejo Cambiaso llegó a Diamante cuando el sol empezaba a caer, se ubicó en una esquina que le habían indicado y esperó a sus compañeros. Era inconfundible su figura de gran tamaño, calvicie incipiente y nariz larga.

La reunión se concretó en un lugar secreto. Esa noche, Cambiaso y sus dos compañeros retomaron las discusiones que habían tenido años atrás en la cárcel sobre la necesidad de construir un frente político que retomara las luchas de la izquierda peronista y en el que confluyeran dirigentes de todas las organizaciones. La lucha armada debía dar paso a la disputa política. Fueron varias horas de un intenso debate en el que Cambiaso argumentó apasionadamente sobre las nuevas estrategias para encarar la vuelta a la democracia.

La reunión terminó de madrugada y sus compañeros acompañaron a Cambiaso a otra esquina donde lo esperaban las mismas personas que lo habían llevado antes en un Renault 4 que los regresaría a Paraná.

El nombre de Mónica Torres también se mencionó en la reunión. Sus compañeros le advirtieron a Cambiaso sobre los resquemores que les generaba esa mujer, pero el Viejo les dijo que era una persona de su confianza.

Mónica Torres recibió a Cambiaso en Paraná. Había dispuesto un cambio de planes. No volvería a Rosario en el mismo Renault 4 en el que había llegado, con chofer y custodia, sino solo y en colectivo. Hubo discusiones, le advirtieron sobre los riesgos que eso implicaba e intentaron persuadirla, pero la mujer cerró la discusión diciendo que eran “órdenes de arriba” y Cambiaso emprendió la vuelta en colectivo. ¿Subió también a ese colectivo un agente de inteligencia? Es una posibilidad.

Al día siguiente, el viernes 13 de mayo, Cambiaso participó de un acto político que se realizó en el Sindicato de Luz y Fuerza de Santa Fe. El militante Francisco Alfonso Clarick asegura que ahí también estuvo el espía César Luis Frilocchi. Esa misma noche Cambiaso viajó a Rosario. ¿Subió entonces otro espía en la terminal de Santa Fe? ¿Llevaba dinero Cambiaso? Son otros interrogantes.

Osvaldo Agustín Cambiaso, el Viejo, marchaba a encontrarse con la muerte.

El sábado 14 de mayo, alrededor de las diez de la mañana, Cambiaso y Pereyra Rossi se encontraron en el bar Magnum de Rosario.

Negarlo todo, negarlo siempre

En el año 2003, en una entrevista que le concedió a este cronista, la entonces diputada provincial Mónica Torres habló probablemente por única vez del secuestro y homicidio de Cambiaso y Pereyra Rossi.

–¿En qué momento se relaciona con otros familiares de desaparecidos?
–A partir de la detención de mi hermano comenzamos a juntarnos con otros familiares, porque era lo único que podíamos hacer con aquellas personas que tenían los mismos problemas. La madre de otro preso político me dijo donde se reunían y recuerdo la profunda solidaridad que había entre los familiares para ver cómo nos ayudábamos.

–¿A qué atribuye la resistencia que hubo desde los organismos a su designación al frente de la Subsecretaría de Derechos Humanos?
–Los panfletos forman parte de una infamia, cosa que existió siempre y seguirá existiendo, pero no hay panfleto que se pueda sostener. En cambio, el gobernador Busti vio mi lucha constante y permanente durante toda la dictadura militar y después del advenimiento de la democracia, porque nosotros levantábamos una consigna muy fuerte que era por el juicio y castigo y la aparición con vida de los desaparecidos. Yo fui muy consecuente en esa lucha y acompañé a los familiares.

–¿Usted conocía a Cambiaso?
–Por supuesto que lo conocía, como a otros tantos compañeros, porque era conocido de todo el grupo en el que yo participaba. Yo lo conocí en algún momento, en alguna reunión… Pero de ese compañero hay que pedirle cuentas a Patti.

–¿No estuvo con Cambiaso en los días previos a su asesinato?
–No, ni siquiera sé cuándo vi a ese muchacho por última vez. Pero si alguien me tiene que interrogar sobre eso es la justicia. Que se investigue.

Eso fue todo porque cortó abruptamente aquella entrevista.

La justicia no llegó a interrogarla: Mónica Torres murió el 2 de mayo 2011. Tenía 70 años.


Informe de Juan Cruz Varela (Página Judicial)
Fuente: Página Política

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