Por Alejandro Moreira (*)


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A fines de febrero de 2020, el filósofo Giorgio Agamben escribió un artículo, La invención de una epidemia en donde denunciaba la necesidad del Estado italiano de instaurar pánicos colectivos apelando a una supuesta epidemia debida al coronavirus, a efectos de implementar medidas de emergencia completamente injustificadas que suponían graves restricciones a la libertad de los ciudadanos. El dudoso virus vendría a reemplazar el fantasma del terrorismo como coartada para reforzar los poderes represivos del Estado.

Los acontecimientos de los días siguientes desmintieron abruptamente esa tesis. Agamben se había equivocado de título. No obstante, si fuésemos más precisos o condescendientes, habría que observar que nuestro autor no erraba en el diagnóstico de las consecuencias que la política de aislamiento contra la epidemia inevitablemente conlleva: restricción de libertades, eclipse del espacio público, agudización de prácticas disciplinarias por parte del Estado ayudado ahora por la tecnología, sin contar la exacerbación de la xenofobia que se ha constatado en todas las epidemias de la historia. Por lo demás, todo esos elementos ciertos verifican, por otros caminos, su célebre tesis de que vivimos desde hace décadas en un estado de excepción permanente, de la que no cabe dudas.

Pero se equivocaba enormemente en lo que refiere a las causas de las medidas preventivas de higiene al negar la existencia de un peligro cierto y al atribuir a los poderes ocultos la supuesta invención de una epidemia. Agamben se inventaba una teoría conspirativa para explicar el curso de la historia completamente disparatada e irresponsable, que nos recuerda a aquellas otras tesis igualmente conspirativas y paranoicas con la que tantos bufones de la televisión agreden a diario nuestra inteligencia, al modo de Baby Echecopar, prueba de que incluso pensadores de relieve pueden patinar e irse a la banquina. Fin del cuento: la epidemia existe, el Estado italiano fue más bien laxo e ineficiente, los muertos llegaron y son muchos.

En verdad el error de Agamben (y con él las pobres contribuciones de otros tantos pensadores de renombre) indica la dificultad con que tantos comentaristas se topan a la hora de enfrentar la situación en la que estamos metidos. Por deformación profesional, por egocentrismo, los filósofos tienden a resolver sumariamente la situación y significarla mediante un concepto. Pero lo cierto es que la pandemia y el aislamiento constituye una situación inédita, que comporta situaciones desconocidas, lógicas contradictorias, y efectos dispares y muchas veces paradójicos. No hay un único sentido que hegemonice la situación, y de ese modo le otorgue un principio de inteligibilidad. Nadie tiene la posta, nadie sabe exactamente cómo va a terminar esto. El mundo se viene abajo, pero la prensa especializada nos informa que Netflix ha duplicado en estas semanas el número de suscriptores y de facturación.

Por esa razón, en este largo paréntesis que nos toca, florecen las profecías de todo tipo. Utopías y distopías. El aislamiento social ha habilitado la educación a distancia en todos los niveles, lo que ahora se llama “aula virtual” y “homescholling”. En dos semanas el debate ya está instalado, hay quienes consideran la adopción de estos nuevos instrumentos virtuales como un modo de sobrellevar temporalmente la situación, pero a no dudar de que muchos ven en esta coyuntura que el futuro ya llegó y lo festejan. Las nuevas tecnologías permitirán una difusión y universalización del conocimiento impensada en el pasado. Posición que se sostiene en la muletilla, repetida hasta el hartazgo en los medios y redes sociales, que nos promete que “la tecnología no es buena ni mala, no es de izquierda ni de derecha, depende cómo se la use”. ¿Será de verdad así? ¿Será cierto que la tecnología no tiene ideología? En cualquier caso, muchos nos inquietamos con un futuro a lo Black Mirror en donde - todo lo indica- los contenidos y reglas de la enseñanza no serán ya provistos ni por los maestros ni por el ministerio de educación, sino por el tutorial de Google.

Si dirigimos nuestra mirada a temas más profundos vemos también profecías en pugna. Algunos creen que, pasada la epidemia, el neoliberalismo asumirá un rostro más humano, otros afirman sin hesitar que estamos ante el momento final del capital. Un tercer grupo, atento a la historia, señala que existen muchas posibilidades de que el capitalismo vuelva a relanzarse en pocos días, auspiciado además por millones de desocupados, salarios a la baja y pérdida de derechos laborales a escala planetaria. Pero, en otro registro del mundo, con un público quizás más vasto, la lectura de la coyuntura es bien distinta: pastores norteamericanos nos cuentan que en realidad la epidemia es obra de la providencia, un castigo divino por nuestros pecados. En la medianoche de Crónica TV, un pastor argentino, de apellido Cinalli, repite con lujo de citas bíblicas tales ideas y nos convoca a arrepentirnos.

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Como vemos la situación no tiene un concepto que la aprehenda, lo mejor sería no hacer predicciones, llamarse a prudencia y no cometer el error de Agamben. De todas maneras algunas cosas parecen seguras. En todas las latitudes se habla de un regreso del Estado después de décadas de neoliberalismo. Como si la urgencia de la situación, la ineludible necesidad de enfrentar la epidemia, hubiera devuelto un poco mágicamente al Estado Nación sus operaciones antaño consideradas esenciales, aquellas que confirman (confirmaban) su soberanía. Esto es la capacidad de disciplinar, ordenar, organizar, proyectar.

A esa rehabilitación de la instancia estatal han contribuido, decíamos, lo excepcional de la situación pero también en el caso argentino las acciones que desde su asunción algunos meses atrás ha llevado a cabo Alberto Fernández. En efecto, después de años de discursos que buscaron por todos los medios denostar a la política y a los políticos, el Presidente muestra que es posible una ética estatal, es decir que se ejerce desde el poder. Una ética que, en este caso, no tiene que ver con la eficacia ni con la transparencia en el manejo de las finanzas ( “no robar” ), sino con la responsabilidad en la gestión de lo público, lo que en estas circunstancias significa el cuidado de la salud de los ciudadanos, el cuidado de lo que nos es común. Un cuidado que, además, Fernández explica racionalmente con gráficos y estudios de científicos, sin privarse además de compartir públicamente los dilemas y los riesgos que su decisión acarrea: priorizar la salud por sobre la economía, sin desconocer los efectos negativos sobre millones de compatriotas –otro manera de pensar la tensión entre convicción y responsabilidad propia de la tarea del político verdadero. Y todo ello, además, adoptando el lenguaje inclusivo, tenemos un presidente que les habla a los “niños, niñas y niñez”. Es demasiado para un país que recién hace pocos meses pudo escapar de ese verdadero viaje al corazón de las tinieblas que resultó la experiencia del PRO -un ciclo que no fue simplemente un proyecto neoliberal, entre otros que hemos conocido, sino sobre todo un violento ensayo de restauración conservadora, una verdadera política integral de odio avalada por un sector considerable de la sociedad.

En suma, las palabras y acciones del presidente han hecho posible algo impensado pocos días atrás: que la población identifique en su figura un principio identitario que trasciende el debate faccioso y se constituye en una representación de este colectivo que llamamos argentina, entendido ya no como una asociación de consumidores prestos a reclamar la prestación de servicios estatales sino como una comunidad con un destino común – una comunidad que sorprendentemente ha mostrado en la obediencia a las medidas de aislamiento una notable generosidad para resignar derechos y libertades en pos de un objetivo prioritario.

Existe en todas partes un lugar común de los discursos patriotípicos, un latiguillo ritualizado al que todos los oficialismos apelan a efectos de neutralizar las críticas al jefe de estado convocando a respetar “no a la persona sino la investidura presidencial” -apelación vacua que las más de las veces no hace otra cosa que exacerbar la distancia entre la población y sus políticos. Pues bien, es esa vieja simbología de la “investidura presidencial” -construcción colectiva inherente al mito de la Nación, sin el cual no hay orden republicano posible- la que Fernández ha logrado también rehabilitar, es decir sacar del ritual para volverla real – un fenómeno de una enorme relevancia que quizás solo alcance visibilidad en el futuro mediato.

Resta conocer, y esto lo veremos dentro de poco, si esta restitución de la centralidad del Estado a la que referíamos al principio significa que efectivamente ha recuperado sus antiguas atribuciones, es decir la capacidad para normar el sentido y las prácticas sociales ante la competencia de otras dinámicas privadas que lo debilitan y coaccionan, como las finanzas transnacionales y los grandes conglomerados de información. O si, por el contrario, nos encontramos ante una ficción pasajera. No lo sabemos, pero habrá que advertir que entre las actividades que a escala planetaria se muestran indemnes a la epidemia y sus medidas de control, se encuentran precisamente los flujos de capital y lo flujos de información. Si algo es seguro es que ahí no hay cuarentena.


(*) Licenciado en Historia. Profesor titular de la cátedra Teoría Política II en la Facultad de Trabajo Social de la Universidad Nacional de Entre Ríos (UNER).
Fuente: Página Política

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