Por Jorge Pedro Busti
@JorgeBusti


Estaba leyendo un excelente artículo del depuesto vicepresidente Álvaro García Linera (uno de los grandes intelectuales latinoamericanos contemporáneos) sobre el odio al indio en Bolivia y recordé una anécdota que alguna vez rescató Horacio Verbitsky en “Página/12”.

Según su último secretario Legal y Técnico, Julio C. González, en 1944 Perón recibió en la Secretaría de Trabajo y Previsión al cacique Cayuqueo. Mientras dialogaban en lengua mapuche, quien luego sería presidente de los argentinos quiso saber por qué una persona acompañaba permanentemente al cacique. “Es el director de Migraciones”, le hicieron saber a Perón. Y de ese modo también se enteró que, desde la época de Julio Argentino Roca, los aborígenes no estaban autorizados a ingresar a la Capital Federal sin permiso de la Dirección de Migraciones. Inmediatamente Perón redactó un decreto derogando esa aberrante restricción y se lo mandó al presidente Farrell, de modo que los “ciudadanos autónomos tuvieran libre acceso a la Capital Federal y a todos los lugares del país”.

Pero Perón no sólo expresó que “los indígenas son los más argentinos de los argentinos” y reivindicó a estos pueblos originarios, sino que -según muchos historiadores- tenía ascendencia tehuelche. Verbitsky también cita el testimonio de otro funcionario del ex presidente, Enrique “El Gordo” Oliva, quien en el año 2000 contó a “La Nación” que durante su exilio en Caracas, Perón dijo en presencia de Juan Carlos Cornejo Linares, Manolo Buseta y John William Cooke: “Me siento muy honrado por llevar sangre tehuelche, descendiendo por vía materna de quienes poblaron la Argentina desde siglos antes de llegar los colonizadores”.

Ese desprecio visceral hacia los pueblos originarios, que se patentiza en lo que ocurría con absoluta normalidad antes de Perón, y el silencio cómplice frente a su exterminio en la Patagonia, ha sido moneda corriente en nuestro país. En su artículo García Linera explica: “La pregunta que todos debemos responder es: ¿cómo es que esta clase media tradicional pudo incubar tanto odio y resentimiento hacia el pueblo, llevándola a abrazar un fascismo radicalizado y centrado en el indio como enemigo? ¿Cómo hizo para irradiar sus frustraciones de clase a la policía y a las FFAA y ser la base social de esta fascistización, de esta regresión estatal y degeneración moral?”

Cuando observamos cómo las hordas motorizadas queman con profundo odio la bandera Whipala, cómo se autoproclama presidente una senadora ultraderechista ante una Asamblea Legislativa totalmente vacía, o cómo en nombre de la Biblia un empresario que perdió sus privilegios con la nacionalización de los hidrocarburos ordena una cacería hacia funcionarios y familiares de Evo Morales, comprendemos que -como escribía con meridiana sapiencia Raúl Scalabrini Ortiz- el supremacismo blanco y la imaginada superioridad racial siguen tan vigente como hace siglos.

Cierra García Linera diciendo: “Por ello no sorprende que mientras los indios recogen los cuerpos de alrededor de una veintena de muertos asesinados a bala, sus victimarios materiales y morales narran que lo han hecho para salvaguardar la democracia. Pero en realidad saben que lo que han hecho es proteger el privilegio de casta y apellido. El odio racial solo puede destruir; no es un horizonte, no es más que una primitiva venganza de una clase histórica y moralmente decadente que demuestra que, detrás de cada mediocre liberal, se agazapa un consumado golpista”.
Fuente: Página Política

Claves

OPINIÓN

Publicá tu comentario

¡Tu comentario fue enviado con éxito!

La publicación del mismo está sujeta a la aprobación del moderador. Muchas gracias.

¡Escribí tu comentario!

* 600 caracteres disponibles

Comentarios

El comentario no será publicado ya que no encuadra dentro de las normas de participación de publicación preestablecidas.

Publicá tu comentario

¡Tu comentario fue enviado con éxito!

La publicación del mismo está sujeta a la aprobación del moderador. Muchas gracias.

¡Escribí tu comentario!

* 600 caracteres disponibles