Hugo Mena fuma sin parar. Apaga uno y enciende otro. Denota ansiedad, nerviosismo, una dosis de angustia que arrastra desde aquella tarde del 20 de septiembre de 2018 en que su vida se derrumbó como un castillo de naipes.

Su pareja, Flavia Beckman, fue detenida cuando salía de un cajero automático portando una mochila con miles de pesos que acababa de extraer utilizando varias tarjetas de débito; después, la Policía allanó su casa y se llevó cuadernos, documentos y más tarjetas de débito. Esa noche permaneció allí, pero fue detenido unos días después, el 3 de octubre, el día que Página Judicial reveló el escándalo.

Dice Mena, ahora, varios meses después y rompiendo el silencio, que las cosas no pasaron así, que no había tales tarjetas de débito, se presenta como un “perejil” en esta historia y duda del olfato de ese policía que dice haberle llamado la atención la presencia de una mujer y otras dos personas que realizaban varias operaciones con distintos plásticos en el cajero automático.

Hugo Rubén Mena Gioveni tiene casi sesenta años, peina canas a dos aguas, exhibe una frondosa barba blanca y fuma, fuma mucho, un Marlboro tras otro. El local que supo albergar la despensa familiar, en una esquina de la zona sur de la ciudad, luce abandonado; sucio y abandonado. El polvo ha ganado el lugar; los muebles ociosos ocupan desordenadamente el espacio, las heladeras exhibidoras exhiben el vacío, apenas quedan unos pocos alimentos no perecederos, los especieros en la pared y dos cámaras frigoríficas que nada conservan; el resto es lúgubre.

Ficha técnica

Mena está imputado como integrante de una asociación ilícita que perpetró la mayor estafa en la historia entrerriana, entre 2008 y 2018, mediante contrataciones irregulares en la Legislatura. Concretamente está acusado de ser uno de los reclutadores de los “prestanombres” a quienes les hacían firmar contratos por montos de entre 35.000 y 50.000 pesos, pero les entregaban sumas muy menores, que oscilaban en el orden de los 1.500 y 2.000 pesos, o simplemente se les abonaba el monotributo.

Cuando el pago de esos contratos se hacía con cheques, Mena y su pareja los recibían y luego se encargaban de hacerlos endosar a sus titulares o de endosarlos falsamente, para facilitar su cobro por personas allegadas, entre las que se contaban sus hijas. Una vez que se libraban los cheques, esas personas debían concurrir a una tómbola o hasta una playa de estacionamiento donde se los repartían para su cobro y luego entregarles el dinero a Beckman, Mena y sus allegados para que ellos, a su vez, les pagaran alrededor 200 pesos por cada cheque a los “cobradores”.

A partir de 2017 el sistema se bancarizó y, por ende, a algunos de los contratados se les habilitó una cuenta sueldo y la correspondiente tarjeta de débito, que administraban Beckman, Mena y otros integrantes de la asociación ilícita investigada.

A su vez, el dinero que recaudaban les era entregado, según los fiscales, a Gustavo Pérez, Sergio Cardoso, Roberto Ariel Faure, Alejandro Almada y Alfredo Bilbao, que estaban por encima de ellos en la estructura delictiva; y ellos, a Juan Pablo Aguilera.

Mena habla a borbotones, luce inquieto, ansioso. Aunque quiere evitar hablar de la causa, niega la acusación y dispara algunas frases que son dardos. Admite que era contratado de la Cámara de Senadores desde 2008 y que en el último tiempo cobraba 50.000 pesos.

“Quedamos socialmente mal y hoy por hoy tenemos miedo por todo lo que se dice: hay gente que me dice: ‘Viejo, la tenés guardada, la tenés atada con todo lo que te llevaste’; y la realidad es que nosotros nunca nos llevamos nada, trabajábamos para la Cámara de Senadores, cumplíamos una función; lo que nos pedían u ordenaban, lo hacíamos”, asegura.

¿Cuál era esa función? “Reuníamos a la gente y le ofrecíamos un contrato”, dice escuetamente. “No hacíamos ninguna cosa rara”, agrega enseguida.

Su trabajo, asegura, estaba fuera de la Casa de Gobierno, ni siquiera iba frecuentemente.

“Se dicen muchas cosas que no son…”, advierte enigmático en otro momento.

También habla de cómo fueron aquellos días posteriores al 20 de septiembre:

–Lo único que tuvimos fueron presiones; no digo que nos trataron mal, porque en realidad captaron en cierta forma cómo éramos… adentro encontrás gente que ha tenido su minuto de boludez, pero con mejores códigos a veces que otros que están afuera.

La tensión, dice, le hizo perder veinte kilos y que se le cayera el pelo. El encierro lo hace pensar y Mena tiene eso que en los tribunales llaman teoría del caso: no creen en el olfato policial ni en la casualidad:

–¿Y si esto se venía investigando desde antes esto? Yo creo que no es algo fortuito –se pregunta, se responde y deja abierto el enigma.

Producción periodística: Federico Malvasio y Juan Cruz Varela, de Página Judicial.
Fuente: Página Judicial - Página Política

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